No sé si es porque afuera hace mucho frío o que cada vez me voy a dormir más tarde (sí, soy una adicta a los maratones de películas) pero últimamente me cuesta horrores salir de la cama. Me despierto cada día en una especie de atmósfera calentita y envuelta como un regalo. Al cabo de un rato, cuando por fin distingo entre realidad y sueño, empiezan a notarse las ganas desayunar y enterarse de cómo va el mundo, y claro, hay que salir de la cueva edredonil pero… ¿y si cerrando los ojos bien fuerte deseo que al abrirlos encuentre justo a mi vera un fantástico café con leche, un croissant de mantequilla recién salido del horno y y una tartaleta de crema con frutas del bosque? Pues señoras y señores a veces los sueños se cumplen y aquí tenéis la prueba: un desayuno en la cama.
Por propia experiencia sé que desayunar en la cama es algo un poquito engorroso, por el tema de ensuciar las sábanas y estar incómodo. A mi especialmente se me duermen las piernas si las tengo mucho tiempo dobladas, pero claro ¡eso cada uno! Pero por un día no pasa nada que seamos un poco gorrinos y nos quedemos más tiempo de la cuenta en la cama y quizás al acabar de desayunar podemos recoger un poquito y volvernos a meter dentro, que hace mucho frío fuera aún.

Mi consejo es regalarse al menos un desayuno en la cama tranquilo a la semana. Sin nada más que nos distraiga de nuestro despertar, para desconectar un poco del mundo y disfrutar de nosotros mismos sin distracciones y sin prisas.

¡Feliz semana a todos!

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